Ir al contenido principal

¿A QUIÉN REALMENTE ESPERO?



Jeremías 23, 5-8; Mateo 1, 18-24
Señor, tu Navidad me pone en movimiento. Toda mi vida gira en torno a ella durante este Adviento. Hoy quiero confirmar desde mi corazón mi espera y hacer partícipes a quienes me rodean.

Pero hoy también quiero preguntarme a quién realmente espero: ¿al Rey justo y prudente que trae Salvación? ¿o al Hijo del Dios que castiga, se enoja y me prueba con mi sufrimiento, y a quien yo debo temer?

Yo estoy convencido que espero al "Emmanuel", el Dios hecho Hombre, justo y prudente, expresión misma de la Misericordia de un Padre que nos ama y anhela que seamos felices. Estoy convencido que el Dios, a quien espero, sana, toca, escucha, consuela, perdona, incluye, se compadece. Y, si este Niño es Dios-con-nosotros, no puedo quedarme sólo sino que he de buscar estar con mis hermanos, con los otros, para vivir realmente la riqueza del Amor que transforma y nos llena de Esperanza.

¡VEN SEÑOR JESÚS!

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

VELARÉ CONTIGO, SEÑOR

Mateo 24, 42-51 Soy tan frágil, Señor, hecho de barro que se rompe y aún así has puesto en mi interior un gran tesoro: tu Amor y tu Gracia. Ante los momentos de miedo y zozobra, ante el sinsentido de la vida, en medio de la soledad y la oscuridad o inmerso ya en el pecado, quiero volver mis ojos a ti, Señor, cuidar nuestra amistad, dejar a un lado la vergüenza y la culpa y ocuparme de disfrutarte cada instante de mi vida. Ayúdame con tu Espíritu a velar, a cuidar, a mirarte en todo y en todos y no dejar que ni un día de mi vida se me vaya sin disfrutar de tu presencia que sana, que abraza, que salva. Fray Pedro

DEJEMOS EL LUTO DE NUESTRA APATÍA

Vivir adviento es oportunidad de vivir resurrección, vida, salvación, liberación. No es posible que tengamos estos momentos en nuestro caminar de fe y los desperdiciemos viviendo en el luto de nuestra tristeza, de nuestro miedo absurdo. No podemos ignorar que el Señor ha mandado rebajar todo monte de altanería, de orgullo, de soberbia; y ha mandado rellenar también todos los barrancos de culpas, de miedos, de tristezas, de baja autoestima, de desesperanza, de vergüenza. Aprovechemos pues que lo único que tenemos que hacer es bajar nuestra mirada de las nubes y dirigirla a los corazones de nuestros hermanos, ahí donde nace el Señor. Y también debemos levantarnos de nuestras miserias, de nuestras caídas, porque el Señor quiere que caminemos con Él, no quiere que vivamos siempre con el peso de la culpa. No somos esclavos sino hijos libres guiados por la Gracia. No seamos apáticos sino empaticemos con la ternura del Niño que esperamos.

UNA RELIGIÓN MEDIOCRE

Del Evangelio según san Marcos 2, 23-28 Señor, si lograra entender la dinámica del amor a la que tú me invitas, estoy seguro que podría gozar de una alegría más constante y verdadera. Pero no alcanzo a ser consciente de esa realidad que pones al alcance de mi mano y corazón. Me gusta ostentar que te conozco, que conozco tus leyes y que las cumplo, pero mi expresión a mis hermanos dice todo lo contrario. Creo, Señor, que profeso una fe a medias, que soy un cristiano a medias, que vivo una religión a medias, porque prefiero fijar mi mirada al cielo cuando hay quienes ruegan que me agache de mi orgullo y soberbia para escucharlos y ayudarlos, para darles credibilidad, compasión y un poco de ti. No quiero ser un cristiano a medias. ¡Quítame, Señor, la mediocridad! y ayúdame a vivir lo que creo, lo que profeso y lo que digo conocer de ti.