Relacionarme contigo, Señor, es luchar contra mí mismo. Siempre quiero que las cosas sean como yo las pienso, como yo las quiero. Me creo sabio y conocedor de todo, me creo dueño de mí mismo y resulta que siempre Tú eres el de la última Palabra, la cual me sorprende, me inquieta, me libera, me cuestiona y asombra.
Tu lógica no es la mía, Señor. Tus tiempos son tan diferentes a los que yo organizo en mi agenda; los tuyos no se rigen por el reloj sino por el amor y la salvación, y son escritos en mi corazón.
Reconozco que cuando me arriesgo a escucharte, cuando vuelvo a intentar, cuando me adentro a mis miedos y realidades desesperanzadoras, es cuando rompes una coraza más que me impedía entregarme a ti. El asombro amoroso es siempre con lo que quedo, cuando tengo fe; cuando no la tengo, sólo queda el sinsentido, el miedo y la muerte.

Comentarios
Publicar un comentario