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¿DE QUÉ TIERRA ESTOY HECHO?



Evangelio según san Marcos 4, 1-20
Reconozco, Señor, tu generosidad que se traduce en bendiciones para mi vida día con día. Tú no te fijas en mi condición, debilidad, fragilidad e indiferencia, sino que confías en mí y me llenas de tu amor y de tu presencia, así como el sembrador que, aunque sabía que lanzaba semillas donde no habría fruto, lleno de esperanza esparcía su deseo de ver vida por doquier.

Y si de tierra hablamos, hoy quiero ser sincero conmigo mismo y ver la tierra de la que estoy hecho. ¿Qué tierra tiene mi corazón? Es un verdadero ejercicio de humildad aceptar mi lodo, mi tierra, mi barro. Sé que a diario lanzas la semilla de tu Palabra a mi tierra con la esperanza de que dé fruto. Tú me conoces perfectamente y aún así no dejas de bendecirme con tu Palabra. ¡Cuánta semilla tuya he desperdiciado y dejado morir, todo por mis miedos, cobardías, egocentrismo y mediocridad!

Ayúdame a quitar tantas piedras y espinas que ahogan tu Palabra; enséñame a regar con tu Amor mi corazón para que de ahí nazca la verdadera experiencia de tu Reino y la pueda compartir, también, con generosidad a mis hermanos.

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VELARÉ CONTIGO, SEÑOR

Mateo 24, 42-51 Soy tan frágil, Señor, hecho de barro que se rompe y aún así has puesto en mi interior un gran tesoro: tu Amor y tu Gracia. Ante los momentos de miedo y zozobra, ante el sinsentido de la vida, en medio de la soledad y la oscuridad o inmerso ya en el pecado, quiero volver mis ojos a ti, Señor, cuidar nuestra amistad, dejar a un lado la vergüenza y la culpa y ocuparme de disfrutarte cada instante de mi vida. Ayúdame con tu Espíritu a velar, a cuidar, a mirarte en todo y en todos y no dejar que ni un día de mi vida se me vaya sin disfrutar de tu presencia que sana, que abraza, que salva. Fray Pedro

DEJEMOS EL LUTO DE NUESTRA APATÍA

Vivir adviento es oportunidad de vivir resurrección, vida, salvación, liberación. No es posible que tengamos estos momentos en nuestro caminar de fe y los desperdiciemos viviendo en el luto de nuestra tristeza, de nuestro miedo absurdo. No podemos ignorar que el Señor ha mandado rebajar todo monte de altanería, de orgullo, de soberbia; y ha mandado rellenar también todos los barrancos de culpas, de miedos, de tristezas, de baja autoestima, de desesperanza, de vergüenza. Aprovechemos pues que lo único que tenemos que hacer es bajar nuestra mirada de las nubes y dirigirla a los corazones de nuestros hermanos, ahí donde nace el Señor. Y también debemos levantarnos de nuestras miserias, de nuestras caídas, porque el Señor quiere que caminemos con Él, no quiere que vivamos siempre con el peso de la culpa. No somos esclavos sino hijos libres guiados por la Gracia. No seamos apáticos sino empaticemos con la ternura del Niño que esperamos.

UNA RELIGIÓN MEDIOCRE

Del Evangelio según san Marcos 2, 23-28 Señor, si lograra entender la dinámica del amor a la que tú me invitas, estoy seguro que podría gozar de una alegría más constante y verdadera. Pero no alcanzo a ser consciente de esa realidad que pones al alcance de mi mano y corazón. Me gusta ostentar que te conozco, que conozco tus leyes y que las cumplo, pero mi expresión a mis hermanos dice todo lo contrario. Creo, Señor, que profeso una fe a medias, que soy un cristiano a medias, que vivo una religión a medias, porque prefiero fijar mi mirada al cielo cuando hay quienes ruegan que me agache de mi orgullo y soberbia para escucharlos y ayudarlos, para darles credibilidad, compasión y un poco de ti. No quiero ser un cristiano a medias. ¡Quítame, Señor, la mediocridad! y ayúdame a vivir lo que creo, lo que profeso y lo que digo conocer de ti.