Ir al contenido principal

ILUMÍNAME SEÑOR PARA YO ILUMINAR TAMBIÉN



Nadie podría conocerme mejor que Tú, Señor. Mi historia, mis alegrías, mis sentimientos, mis dudas, mis miedos, mis sombras. Soy un anhelo tuyo desde que mi ser se conformaba en el vientre de mi madre.

Hoy giro mi mirada al camino que he recorrido y reconozco lo maravilloso que has sido conmigo. ¡Cuánta fe has tenido en mí, Señor! Pero también reconozco en mi vida aquello que ensombrece el amoroso anhelo que tienes para mí.

Hoy te pido, Señor, que renueves tu Luz en todo mi ser y me concedas ser luz para mis hermanos. Renueva mis fuerzas para anunciarte con una vida coherente, entera, sin mediocridad y en la libertad, resultado de vivir en la verdad. Así como lo hizo Juan el Bautista, en la esperanza, en la fe, en la humildad y en un celo por predicar con mi vida el Reino de tu Padre.

Fr. Pedro

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

¡DAME HAMBRE DE TI, SEÑOR!

¿QUÉ HAMBRE QUIERO REALMENTE SACIAR? Juan 6, 24-35 Hoy abro mi corazón desde la sinceridad para pedirte, Señor, que me ayudes a corregir aquello que no me permite vivir en la verdad y ser imagen tuya. Ando murmurando todo y contento en nada, porque tengo ganas de ser saciado de un hambre que, por más que trato,  me deja insatisfecho y sin felicidad. Me doy cuenta, Señor, que muchas veces deseo ser saciado en mi soberbia, en mi egoísmo, en mi odio, en mi rencor. Todo ello causado por no vivir en la verdad y en el amor.  Te busco y te grito que me sacies y no logro entender que de lo que tú me puedes saciar es de amor, de esperanza y de fe. Todos los días haces soplar tu Espíritu para que caiga en mi corazón tu  maná: la paz, la alegría de compartir, la compasión, y no lo aprovecho.  Ayúdame a corregir mi mente y mi espíritu y a renovarme desde dentro para tener hambre de ti. Fray Pedro

VERTE CON EL CORAZÓN

REFLEXIÓN PARA NIÑOS En este Domingo de la Misericordia el Evangelio nos recuerda que para "ver" a Jesús no necesitamos lentes especiales pero sí un corazón que ame mucho, que perdone mucho, que quiera la paz para todos. Uno de los Apóstoles llamado Tomás les dijo a sus hermanos: "Si no veo, no creo". Esto le pasó porque cuando Jesús se apareció a los Apóstoles, Tomás no estaba reunido con ellos. El corazón de Tomás estaba cerrado. ¿Cómo le hizo para abrir su corazón y poder ver a Jesús? Se quedó con sus hermanos, los Apóstoles, hizo oración con ellos, los escuchó y compartió. Sólo así pudo verlo cuando se apareció de nuevo y hasta pudo meter su dedo en sus heridas y su mano en su costado. Cuando nos alejamos de nuestros hermanos, cuando cerramos nuestro corazón por miedo, por coraje, por envidia o egoísmo, no podemos ver a Jesús Resucitado que aparece en nuestras comunidades. ¿Qué hay que hacer? Estar en la comunidad, venir a misa, escuchar la Palabra de...

DEJEMOS EL LUTO DE NUESTRA APATÍA

Vivir adviento es oportunidad de vivir resurrección, vida, salvación, liberación. No es posible que tengamos estos momentos en nuestro caminar de fe y los desperdiciemos viviendo en el luto de nuestra tristeza, de nuestro miedo absurdo. No podemos ignorar que el Señor ha mandado rebajar todo monte de altanería, de orgullo, de soberbia; y ha mandado rellenar también todos los barrancos de culpas, de miedos, de tristezas, de baja autoestima, de desesperanza, de vergüenza. Aprovechemos pues que lo único que tenemos que hacer es bajar nuestra mirada de las nubes y dirigirla a los corazones de nuestros hermanos, ahí donde nace el Señor. Y también debemos levantarnos de nuestras miserias, de nuestras caídas, porque el Señor quiere que caminemos con Él, no quiere que vivamos siempre con el peso de la culpa. No somos esclavos sino hijos libres guiados por la Gracia. No seamos apáticos sino empaticemos con la ternura del Niño que esperamos.