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¿CÓMO PREDICO TU REINO?



Evangelio según san Marco 6,7-13
Hoy Señor, quiero detenerme un poco y sentirme partícipe de ese anhelo que tú tienes para toda la humanidad; ser colaborador en tu proyecto de Salvación es una bendición. No es fácil ser consciente de esta realidad divina que tú pones a nuestro alcance.

Los días y sus problemas, las prisas, las deudas, las decepciones y mis pocas ganas de verme feliz oscurecen la alegría de luchar por seguir construyendo tu Reino en mis contextos. Me callo las injusticias, miento por miedo, soy indiferente ante el sufrimiento, cierro mi corazón con la incredulidad y la frialdad. Hoy quiero superar mis actitudes negativas que no construyen Cielo sino que me dejan vacíos que apagan mi corazón.

Haz que sople tu Espíritu Señor en mi interior, hazme vibrar ante tu mandato de ir a predicar y concédeme ser signo de tu presencia para mis hermanos, sanando tristezas y heridas, liberando de miedos y mediocridad, perdonando aunque parezca difícil, animando vidas y corazones, abriendo los ojos para que te puedan ver y los oídos para que puedan escucharte. Concédeme ser, Señor, como Tú y no permitas que olvide mi misión de predicar el Reino de tu Padre con toda mi vida y mi ser.

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¿QUÉ HAMBRE QUIERO REALMENTE SACIAR? Juan 6, 24-35 Hoy abro mi corazón desde la sinceridad para pedirte, Señor, que me ayudes a corregir aquello que no me permite vivir en la verdad y ser imagen tuya. Ando murmurando todo y contento en nada, porque tengo ganas de ser saciado de un hambre que, por más que trato,  me deja insatisfecho y sin felicidad. Me doy cuenta, Señor, que muchas veces deseo ser saciado en mi soberbia, en mi egoísmo, en mi odio, en mi rencor. Todo ello causado por no vivir en la verdad y en el amor.  Te busco y te grito que me sacies y no logro entender que de lo que tú me puedes saciar es de amor, de esperanza y de fe. Todos los días haces soplar tu Espíritu para que caiga en mi corazón tu  maná: la paz, la alegría de compartir, la compasión, y no lo aprovecho.  Ayúdame a corregir mi mente y mi espíritu y a renovarme desde dentro para tener hambre de ti. Fray Pedro

DEJEMOS EL LUTO DE NUESTRA APATÍA

Vivir adviento es oportunidad de vivir resurrección, vida, salvación, liberación. No es posible que tengamos estos momentos en nuestro caminar de fe y los desperdiciemos viviendo en el luto de nuestra tristeza, de nuestro miedo absurdo. No podemos ignorar que el Señor ha mandado rebajar todo monte de altanería, de orgullo, de soberbia; y ha mandado rellenar también todos los barrancos de culpas, de miedos, de tristezas, de baja autoestima, de desesperanza, de vergüenza. Aprovechemos pues que lo único que tenemos que hacer es bajar nuestra mirada de las nubes y dirigirla a los corazones de nuestros hermanos, ahí donde nace el Señor. Y también debemos levantarnos de nuestras miserias, de nuestras caídas, porque el Señor quiere que caminemos con Él, no quiere que vivamos siempre con el peso de la culpa. No somos esclavos sino hijos libres guiados por la Gracia. No seamos apáticos sino empaticemos con la ternura del Niño que esperamos.

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Mateo 24, 42-51 Soy tan frágil, Señor, hecho de barro que se rompe y aún así has puesto en mi interior un gran tesoro: tu Amor y tu Gracia. Ante los momentos de miedo y zozobra, ante el sinsentido de la vida, en medio de la soledad y la oscuridad o inmerso ya en el pecado, quiero volver mis ojos a ti, Señor, cuidar nuestra amistad, dejar a un lado la vergüenza y la culpa y ocuparme de disfrutarte cada instante de mi vida. Ayúdame con tu Espíritu a velar, a cuidar, a mirarte en todo y en todos y no dejar que ni un día de mi vida se me vaya sin disfrutar de tu presencia que sana, que abraza, que salva. Fray Pedro